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| Echemos mano de nuestra libreta y lápiz y dejemos que ellos carguen con nuestros pendientes para resolverlos de manera más rápida y con menos estrés. |
Hermosillo, Sonora 15/03/2010
Cuando pensamos en capacitar al personal de la empresa, por lo general pasan por nuestra mente un sinnúmero de cursos que podemos ofrecerles, desde cursos de computación o inglés, hasta cursos más sofisticados en ventas, servicio al cliente, manejo de inventarios, etc.
Lo cierto es que se ofrecen en el mercado una variedad infinita de cursos, diplomados y talleres para capacitar a los empleados.
Todo parece indicar que la capacitación es sólo una cuestión de asignar el dinero y facilitarle el tiempo al empleado para que se supere dentro de su área de especialidad, esté más motivado y sea más productivo.
Sin embargo, olvidamos que la capacitación debe empezar por cuestiones mucho más básicas: el primer curso debe ser el de aprender a trabajar y, para ello, nosotros tenemos que ser los primeros en tomarlo. De esta manera estaremos en posibilidades de hablar el mismo lenguaje con nuestra gente.
Productividad laboral
La causa primordial de la baja productividad de un empleado puede tener sus raíces en la FORMA de trabajar y no en el trabajo mismo. La productividad se puede medir de diversas formas pero la podemos definir como la relación entre la cantidad de trabajo realizado y las horas trabajadas.
Un trabajador apto y hábil puede ser capaz de realizar mucho trabajo en menos horas que sus compañeros y por ende decimos que es más productivo.
Sin embargo, la cantidad de trabajo no siempre es el principal indicador de la productividad; esto es cierto especialmente en el área de servicios, donde es más subjetiva la evaluación del trabajo del empleado y más difícil de cuantificar.
Podemos tener el caso de un empleado muy inteligente y capacitado en su área pero que no puede “sacar” adelante tanto trabajo como sus compañeros. Si le aplicamos una prueba de conocimientos podremos convencernos de que no se trata de ignorancia o falta de pericia; se trata de desorganización interna y problemas para dar prioridades a las actividades cotidianas.
Esta es, justamente, la capacitación más básica e importante para todo empresario: aprender a organizar las tareas, a priorizarlas, a iniciarlas y terminarlas. Se dice muy fácil pero lo cierto es que no ocurre tan fácilmente en la realidad. Cuando aprendemos a trabajar es mucho más fácil enseñarle a trabajar a nuestra gente.
Aprendiendo a trabajar
El aprendizaje empieza por casa.
A continuación mostramos algunas herramientas que pueden ser útiles para iniciar el aprendizaje de Aprender a Trabajar:
Al inicio del día, revisa la lista de pendientes del día anterior y agrega las nuevas actividades que hayan surgido durante la mañana.
Elige aquellas acciones que requieren de solución inmediata. Subrayarlas con algún color llamativo (amarillo, rojo).
Empieza a resolverlas: haz las llamadas telefónicas, envía el fax o el mensaje, lleva los papeles, sal a recoger la documentación, cualquier acción que implique la realización real, física, contundente de esa actividad.
Continúa con la siguiente actividad y empieza a solucionarla.
Ve agregando a la lista nuevas actividades que vayan surgiendo durante el día y utiliza algún tipo de símbolo que nos ayude a identificar el grado de importancia o urgencia de cada una.
Al término del día, cierra los asuntos terminados y archiva la documentación.
Antes de salir de la oficina, retoma el listado de la mañana y tacha aquellas actividades que ya se terminaron de hacer. Deja la lista a la mano para iniciar al día siguiente o colócala en el monitor de la computadora, con el fin de que al día siguiente sea lo primero que veas.
Al finalizar la jornada de trabajo, la hilera de papeles debe ser más pequeña que como estaba en la mañana cuando iniciaste las labores.
Es importante tener una agenda, una libreta, un block de post-it, un reloj con alarma o cualquier otro artículo que nos facilite anotar y, posteriormente, recordar lo que tenemos pendiente. Es una fantasía el pensar que podemos recordarlo todo. No existe la “mala memoria” para un empresario; sólo existe la disciplina o la negligencia de apuntar los pendientes.
Aprendiendo a priorizar
Uno de los retos más importantes que enfrenta el empleado cada día es el de ser asertivo al priorizar las tareas. Lo que es apremiante para el jefe puede no serlo para el empleado. Si el jefe no es lo suficientemente claro en cuanto a lo que necesita, es probable que el empleado aplique sus propios criterios al decidir la prioridad de cada actividad. Y aquí es donde empiezan los problemas y los malentendidos.
Sugerencias para evitar contratiempos en la asignación de prioridades, pueden ser:
En vez de decir que “nos urge”, especificar dentro de cuanto tiempo esperamos nos entreguen lo que solicitamos. Es más recomendable decir que necesitamos la información “a más tardar” en dos horas o dos días, que decir “me urge”.
Permitirle al empleado analizar y, si es el caso, proponer una fecha distinta en caso de que el trabajo se pueda realizar en menos o más tiempo del solicitado. El empleado suele tener mejor idea de lo que implica la realización de la tarea.
Hagamos peticiones concretas, utilizando pocas palabras, con órdenes o instrucciones claras y sencillas.
Pidamos UNA COSA A LA VEZ.
Pidamos al empleado que también APUNTE LOS PENDIENTES.
Tengamos claro nosotros lo que queremos ANTES de pedirlo. Así sabremos cómo solicitarlo.
Revisemos con nuestros empleados si la lista de actividades que nosotros elaboramos para cada uno de ellos es la misma que ellos apuntaron en sus agendas. Es importante cerciorarse que todos tienen la información que les corresponde.
Si nuestro listado de pendientes es muy extenso y diverso, convendría hacer varios listados por categoría o por tema o por responsable. Por ejemplo, puedes conseguir unos post it más grandes y escribir las actividades en distintas hojas o listados. Ahí mismo puedes ir tachando aquellas que el personal te va entregando como finalizadas.
Si un expediente, carta, informe, reporte, lleva más de una semana en tu escritorio sin “moverse”, es necesario archivarlo, delegarlo, destruirlo o resolverlo. Muchas personas salen a la tienda y compran agendas electrónicas muy sofisticadas, tienen además una agenda de escritorio, un calendario colgado en la pared, una secretaria y muchos otros recursos para acordarse de lo que tienen que hacer. Aún así, se les olvida consultar la agenda, abrir el calendario, poner la alarma, etcétera. No son cosas las que debemos comprar, sino desarrollar hábitos útiles. Aún si contamos con todos los equipos mencionados anteriormente, si no nos acordamos de consultarlos, de todas formas los vamos a olvidar.
Así que querido empresario, manos a la obra: empecemos por organizar nuestro escritorio para luego transmitir nuestra experiencia a nuestro equipo de trabajo. Echemos mano de nuestra libreta y lápiz y dejemos que ellos carguen con nuestros pendientes para resolverlos de manera más rápida y con menos estrés.
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